Corona y birrete

En la Coronación Canónica de la Sagrada Imagen de San José de Cádiz.

Será que las ideas que tenemos guardadas sobre el rol de género probablemente nos hagan imaginar que la corona es para la dama y el birrete para el caballero. Pero es a la inversa. Una corona para José, padre nutricio y protector del Hijo de Dios en la tierra, 150 años como Patrono y guardián de la Iglesia. Y el birrete dorado para Teresa, en el jubileo de oro por sus 50 años como Doctora de la Iglesia.

Pero, “¿De qué sirven a los santos nuestras alabanzas, nuestra glorificación… De qué les sirven los honores terrenos, si reciben del Padre celestial los honores que les había prometido verazmente el Hijo? ¿De qué les sirven nuestros elogios? Los santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo”. (De los sermones de San Bernardo, abad).  La corona, José no la necesita, Dios mismo es su corona, su gloria comenzó en la tierra cuando “el que hizo el Cielo mismo” descansaba en sus brazos. Pero lo coronamos, es nuestra ofrenda de agradecimiento y amor, coronando en San José el amor abnegado y oculto, el sacrificio silencioso de quien trabaja por los demás. En José coronamos al padre responsable, al trabajador honesto, al esposo fiel, al hombre piadoso que ora, al educador, al pobre generoso, al que emigra para salvar la vida, al que cree sin ver, al enamorado de María, al que se consagra a Dios. En José son coronados todos los hombres de buena voluntad, que trabajan por la paz, los mansos, los de corazón puro, los bienaventurados, todos los santos. En José reconocemos la obra de Dios, que “derriba del trono a los poderosos y enaltece  a los humildes”. En José reconocemos que la vida ordinaria puede ser extraordinaria cuando se vive con fidelidad radical al servicio de Dios y de los hombres. En José reconocemos la heroicidad de las entregas ocultas, de tantos que trabajan por sostener la vulnerabilidad de sus hermanos. Con la corona, ponemos brillo de plata y oro, a quien quiso pasar oculto y hoy merece toda nuestra admiración y agradecimiento, porque las obras buenas deben ser puestas sobre el celemín.

“Bendito eres Señor, Dios del cielo y de la tierra, que con tu misericordia y tu justicia dispersas a los soberbios y enalteces a los humildes…nos has dejado un ejemplo sublime en el Verbo encarnado y en el hombre justo que diste por esposo a la Virgen Madre de Dios… junto a él (Jesús) goza San José, el servidor fiel y prudente…Mira benignamente a estos tus siervos que ven ceñida con una corona la imagen de Cristo y de su Madre, reconocen en tu Hijo al Rey del Universo e invocan a San José como Protector y Patrón de la Iglesia” (de la bendición de las coronas)

Santa Teresa no pidió ser doctora, fueron los devotos y estudiosos quienes desde hace siglos, reconocieron es su experiencia y la transmisión de su mistagogía, una doctrina eficaz para la santificación de las almas. Primera Doctora, la gran discípula de San José, aquella pionera de su devoción que tanto inculcaba su veneración. Teresa, “maestra de espirituales”,  lo llamó a él su maestro oración; es entonces José el “Doctor” que ilumina el camino espiritual de Teresa con su magisterio de oración silenciosa y servicio escondido. Amor oculto pero fecundo, viviendo en compañía de Jesús y de María. Vida en el hogar, para hilar en el calor del Espíritu, el trabajo y la bendición, el sacrificio y la fe, la Presencia y la alabanza. Las hijas de Teresa en el Carmelo, son hijas de María e hijas de José. La que dijo que “también entre los pucheros anda el Señor”, lo habrá aprendido de José, que podía decir lo mismo de su carpintería, que también entre tablones y herramientas, andaba con pasitos inquietos y hasta jugando el Señor.

Y porque el oficio de amar no conoce géneros, a José birrete o corona. Teresa le daría los dos, seguramente el suyo mismo. Y aunque también las mujeres enseñan, es justo que miremos más al amor, que es lo que Dios corona, porque “a la tarde de la vida, nos examinarán del amor”. La corona es el diploma de quien ha sobresalido con excelencia en la vida de amor, sirviendo al Amor mismo. 

José, ayuda de la Iglesia, que en su ejemplo silencioso enseña y en su trabajo diligente ayuda. José el justo, sin queja ni reserva ofrecido a su Dios Trinidad: al Padre alabando con salmos en los labios y en el corazón, al Espíritu escuchando dócil en lo cotidiano, en la noche de la fe; y al Hijo amando con los brazos, con las manos trabajadas, con los besos y la vida entregada sin escatimar esfuerzo por dar, al Rey de Reyes, el oro de su vida bendita.

El Obispo de Cádiz y Ceuta, Don Rafael Zornoza Boy coronando a la Sagrada Imagen de San José.

Santo que da Amparo

al Hijo de Dios,

sobre tu regazo

duerme el Redentor,

gota de Rocío

de alba gaditano,

Cádiz pinta siglos

con tu amor.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s