Tercer día de la Novena a Nuestra Madre Santísima del Carmen

Acto de contrición: Señor mío, Jesucristo…

Oración preparatoria: Oh Virgen María, Madre de Dios y Madre también de los pecadores, y especial Protectora de los que visten tu sagrado Escapulario; por lo que su divina Majestad te engrandeció, escogiéndote para verdadera Madre suya, te suplico me alcances de tu querido Hijo el perdón de mis pecados, la enmienda de mi vida, la salvación de mi alma, el remedio de mis necesidades, el consuelo de mis aflicciones y la gracia especial que pido en esta Novena, si conviene para su mayor honra y gloria, y bien de mi alma: que yo, Señora, para conseguirlo me valgo de vuestra intercesión poderosa, y quisiera tener el espíritu de todos los ángeles, santos y justos a fin de poder alabarte dignamente; y uniendo mis voces con sus afectos, te saludo una y mil veces, diciendo: (rezar tres avemarías).

Primera contemplativa

Fueron a toda prisa y encontraron a María y a José, y el Niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón. (Lc 2, 16-19)

De los Últimos ejercicios de Santa Isabel de la Trinidad, carmelita descalza.

La Virgen conservaba todas estas cosas en su corazón (Lc 2, 19). Toda su historia puede resumirse en estas pocas palabras. Fue en su corazón donde ella vivió, y con tal profundidad que no la puede seguir ninguna mirada humana. Cuando leo en el Evangelio “que María corrió con toda diligencia a las montañas de Judea” (Lc 1, 39). para ir a cumplir su oficio de caridad con su prima Isabel, la veo caminar tan bella, tan serena, tan majestuosa, tan recogida dentro con el Verbo de Dios… Como la de Él, su oración fue siempre: Ecce, ¡heme aquí! ¿Quién? La sierva del Señor (Lc 1, 38), la última de sus criaturas. Ella, ¡su madre! Ella fue tan verdadera en su humildad porque siempre estuvo olvidada, ignorante, libre de sí misma. Por eso podía cantar: El Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas; desde ahora me llamarán feliz todas las generaciones (Lc 1, 48-49).

Oración final: Señor, Dios nuestro, que has honrado a la Orden del Carmen con la advocación especial de la bienaventurada y siempre Virgen María, Madre de tu Hijo; concede a cuantos celebramos su recuerdo que, guiados por su ejemplo y protección, lleguemos al gozo eterno de la gloria. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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