Al Espíritu Santo

Poema compuesto por Sta. Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) sobre el fundamento de una novena de Pentecostés en 1942.

¿Quién eres tú, dulce luz que me llenas

e iluminas la oscuridad de mi corazón?

Me conduces igual que una mano materna

y si me dejas libre,

así no sabría ni dar un paso.

Tú eres el espacio

que envuelve todo mi ser y lo encierra en sí,

abandonado de ti cae en el abismo

de la nada, donde tú lo elevas al Ser.

Tú, más cercano a mí que yo misma

y más íntimo que mi intimidad,

y aún inalcanzable e incomprensible,

y que todo nombre haces renacer: Espíritu Santo, ¡Amor Eterno!

 

¿No eres Tú el dulce maná

que del corazón del Hijo

en el mío fluye,

alimento de los ángeles y de los santos?

Él, que de muerte a vida se elevó,

Él me ha despertado también a mí a nueva vida,

del sueño de la muerte.

Y nueva vida me da, día tras día.

Y un día su abundancia me sumergirá

vida de tu vida, sí, Tú mismo: Espíritu Santo, ¡Vida Eterna!

 

¿Eres Tú el rayo

que desde el Trono del Juez eterno cae

e irrumpe en la noche del alma,

que nunca se ha conocido a sí misma?

Misericordioso e inexorable penetra en lo escondido de las llagas.

Se asusta al verse a sí misma,

concede lugar al santo temor,

principio de toda sabiduría

que viene de lo alto,

y en lo Alto con firmeza nos ancla:

tu obra, que nos hace nuevos, Espíritu Santo, ¡Rayo impenetrable!

 

¿Eres tú la plenitud del espíritu y de la fuerza

con la que el Cordero rompe el sello

del eterno secreto de Dios?

Impulsados por ti los mensajeros del juez cabalgan por el mundo

y con espada afilada separan

el reino de la luz de reino de las tinieblas.

Entonces surgirá un nuevo cielo y una nueva tierra,

y todo vuelve a su justo lugar

gracias a tu aliento: Espíritu Santo, ¡Fuerza triunfadora!

 

¿Eres Tú el maestro constructor de la catedral eterna

que se eleva desde la tierra hasta el cielo?

Por ti se sostienen las columnas que hacia lo alto se levantan

y permanecen increíblemente fijas.

Selladas con el nombre eterno de Dios

se elevan hacia la luz

sosteniendo la cúpula, que cubre cual corona la santa catedral,

tu obra transformadora del mundo, Espíritu Santo, ¡Mano creadora de Dios!

 

¿Eres Tú quien creó el claro espejo,

cercanísimo al trono altísimo,

como un mar de cristal

en donde la divinidad se contempla amando?

Tú te inclinas ante la obra más bella de la creación,

y resplandeciente te ilumina con tu mismo esplendor,

y la pura belleza de todos los seres,

unida en al amorosa figura

de la Virgen, tu esposa sin mancha: Espíritu Santo, ¡Creador del Universo!

 

¿Eres Tú el dulce canto del amor y del santo temor,

que eternamente suena en torno al trono de la Trinidad,

y desposa consigo los sonidos puros de todos los seres?

La armonía que aúna los miembros con la Cabeza,

donde cada uno encuentra feliz el sentido secreto de su ser,

y jubilante irradia

libremente desprendido en tu fluir: Espíritu Santo, ¡Júbilo Eterno!

 

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