El misterio de la Navidad. Encarnación y humanidad.

Por Santa Teresa Benedicta de la Cruz.

Nos encontramos en medio del tiempo navideño. La gran solemnidad, que nos ha precedido como una estrella luminosa en el oscuro cielo nocturno del adviento, ha pasado, quizás para algunos de nosotros, demasiado deprisa. No ha permanecido en silencio como la estrella sobre el pesebre de Belén. Ha pasado como un susurro y quizás permanecimos asustados porque no pudimos comprender o sacar nada en limpio de lo que nos quiso y pudo traer. Resulta ciertamente consolador que la Iglesia tenga en cuenta, al igual que una buena madre, la debilidad de sus hijos y que haya previsto un buen número de semanas para el tiempo natalicio. Así se puede aún recuperar algo de lo que se ha perdido; e incluso para hoy no se me ocurre nada mejor que el que permanezcamos un poco en silencio y volvamos la mirada a las semanas pasadas.

1. Adviento y Navidad

Cuando los días se acortan paulatinamente y en un invierno normal comienzan a caer los primeros copos de nieve, surgen tímido y calladamente los primeros pensamientos de la Navidad. De la sola palabra brota ya un encanto especial, al cual apenas un corazón puede presentar resistencia. Aquellos que no comparten nuestra fe y aún los no creyentes, para los cuales la vieja historia del Niño de Belén carece de significado, se preparan para esta festividad y discurren modos y maneras de encender aquí y allá un rayo de felicidad. Es como si desde semanas y meses atrás un cálido torrente de amor se desbordase sobre la tierra. Una fiesta de amor y alegría, esto es la estrella hacia la cual marchamos todos en los primeros meses de invierno. Para los cristianos y, en especial para los católicos, significa algo todavía más profundo. La estrella los conduce hasta el pesebre con el Niño que trajo la paz al mundo. El arte cristiano nos lo presenta ante nuestros ojos en numerosas y tiernas imágenes; viejas melodías, en las cuales resuena todo el encanto de la infancia, nos hablan de él.

Las campanas del “rorate” y los cánticos del Adviento despiertan en el corazón del que vive con la Iglesia un anhelo santo; y aquel que ha penetrado en el inagotable manantial de la liturgia se siente día a día más profundamente estremecido por las palabras y promesas del Profeta de la Encarnación que dice: “¡Que caiga el rocío del cielo!¡Que las nubes lluevan al justo!(Isaías 45,8). ¡El Señor está cerca, venid adorémosle!¡Ven, ven Señor, no tardes!¡Alégrate Jerusalén, llénate de gozo por viene tu Salvador!(Zacarías 9,9)”.

Desde el 17 hasta el 24 de diciembre resuenan las solemnes antífonas “Oh” del Magnificat (¡Oh Sabiduría!; ¿Oh Adonai!; ¡Oh Raíz de Jesé!; ¡Oh Llave de David!; ¡Oh Amanecer!; ¡Oh Rey de los pueblos!) llamando cada vez más fervientes y ansiosas: “¡Ven a salvarnos!” Cada vez más prometedor resuena también el “He aquí que todo se ha cumplido” (en el último domingo de Adviento); y finalmente: “Hoy veréis que el Señor se acerca y mañana contemplaréis su grandeza”. Precisamente cuando al anochecer se enciende el Arbol de Navidad y comienza el intercambio de regalos, una ansia todavía insatisfecha nos impulsa hacia afuera, hacia el resplandor de otra luz, hasta que las campanas tocan a la Misa del Gallo y el misterio de la Nochebuena se renueva sobre los altares cubiertos de flores y de luces: “¡Y el Verbo se hizo carne!” (Jn.1,14). Esa es la hora de la plenitud.

2. El séquito del Hijo de Dios hecho hombre

Todos nosotros hemos sentido alguna vez una tal felicidad en la Nochebuena, aun cuando el cielo y la tierra todavía no se han unido. La estrella de Belén es todavía hoy una estrella en la noche oscura. Apenas dos días después se quita la Iglesia las vestiduras blancas y se reviste del color de la sangre, al cuarto día del morado de la tristeza. San Esteban, el Protomártir, el primero que siguió al Señor en el martirio y los Santos Inocentes de Belén y de Judá, los niños de pecho brutalmente degollados por los soldados de Herodes, son el cortejo del Niño del Pesebre. ¿Qué significa esto? ¿Dónde está el júbilo de los ejércitos celestiales? ¿Dónde la callada beatitud de la Nochebuena? ¿Dónde la paz sobre la tierra? “Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”. Pero no todos tienen buena voluntad.

Es por eso que el Hijo del Eterno Padre tuvo que bajar desde la grandeza de su gloria a la pequeñez de la tierra, ya que el misterio de la iniquidad la había cubierto de las sombras de la noche.

Las tinieblas cubrían la tierra y Él vino a nosotros como la luz que alumbra en las tinieblas, pero las tinieblas no lo recibieron. A aquellos que lo recibieron, les trajo Él la luz y la paz; la paz con el Padre en el cielo, la paz con todos aquellos que igualmente son hijos de la luz y del Padre celestial y la profunda e íntima paz del corazón. Pero de ninguna manera la paz con los hijos de las tinieblas. El Príncipe de la paz no les trae a ellos la paz, sino la espada. Para ellos es él piedra de tropiezo, contra la cual chocan y se estrellan.

Esta es una verdad difícil y muy seria que no debemos encubrir con el poético encanto del Niño de Belén. El misterio de la Encarnación y el misterio del mal están muy íntimamente unidos. Frente a la luz que ha venido de lo alto se vuelven las tinieblas del pecado tanto más oscuras y lúgubres. El Niño del pesebre extiende sus bracitos y su sonrisa parece predecir lo que más tarde pronunciarán los labios del hombre: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré” (Mt.11,28). A aquellos que escucharon su llamada, a los pobres pastores, a quienes el resplandecer del cielo y la voz de los ángeles les anunciaron la buena noticia en los campos de Belén y que, poniéndose en camino, respondieron a esa llamada diciendo: “Vamos a Belén” (Lc.2,15); también a los reyes que desde el lejano Oriente habían seguido con fe sencilla la maravillosa estrella, a todos ellos les fue derramado el rocío de la gracia que emanaba de las manos del pequeño Niño y fueron “colmados de un gran gozo” (Mt.2,10).

Esas manos conceden y exigen al mismo tiempo: vosotros sabios, deponed vuestra sabiduría y haceos sencillos como los niños; los reyes, entregad vuestras coronas y tesoros e inclinaos humildemente ante el Rey de los Reyes y aceptad sin titubeos los trabajos, penas y sufrimientos que su servicio exige. De vosotros niños, que no podéis dar nada todavía voluntariamente, de vosotros toman las manos del Niño Jesús la ternura de vuestra vida, antes casi de que haya comenzado. Ella no podría ser mejor empleada que en el sacrificio por el Señor dela Vida.

¡Sígueme! De esa manera se expresan las manos del Niño, como más tarde lo harán los labios del hombre (Mc. 1,17). Así hablaron sus labios al discípulo que el Señor amaba y que ahora también pertenece a su séquito. El mismo Juan, el más joven de todos, el discípulo con corazón de niño, lo siguió sin preguntar a dónde o para qué. Abandonó la barca de su padre y siguió al Señor por todos sus caminos hasta la cumbre misma del Gólgota.

¡Sígueme!Lo mismo hizo también Esteban. Siguió los pasos del Señor en la lucha contra el poder de las tinieblas y contra el enceguecimiento de la incredulidad empedernida; finalmente dio testimonio de El con su palabra y con su sangre. Lo siguió también en el espíritu; en el espíritu de Amor que combate el pecado, pero que ama al pecador y que, aún frente a la muerte, intercede ante Dios por sus asesinos.

Estas son las figuras de la luz que se arrodillan en torno al pesebre: los tiernos niños inocentes, los fieles pastores, los humildes reyes, San Esteban, el discípulo entusiasta, y Juan, el apóstol del amor. Todos ellos siguieron la llamada del Señor. Frente a ellos se extiende la noche cerrada de la incomprensible dureza de corazón y de la ceguera de espíritu: la de los escribas, que podían señalar con exactitud el momento y el lugar donde el Salvador del mundo habría de nacer, pero que, sin embargo, fueron incapaces de deducir de allí un decidido: “Vamos a Belén” (Lc.2,15); y la del rey Herodes que quiso quitar la vida al Señor de la Vida.

Frente al Niño recostado en el pesebre se dividen los espíritus. El es el Rey de los Reyes y Señor sobre la vida y la muerte. El pronuncia su “sígueme” y el que no está con El está contra El. El nos lo dice también a nosotros y nos coloca frente a la decisión entre la luz y las tinieblas.

3. Corpus Christi mysticum

  • Unum esse cum Deo

No sabemos lo que el Niño divino nos tiene reservado en esta tierra y tampoco debemos preguntárnoslo antes de tiempo. Sólo una cosa es cierta: que todo lo que sucede a quienes aman al Señor es para su propio bien. Y además, que los caminos que nos conducen al Salvador traspasan los límites de la vida terrena.

¡Oh admirable intercambio! El creador del género humano nos presenta su divinidad al tomar un cuerpo. El Salvador ha venido al mundo para realizar esa obra admirable. Dios se hizo Hijo del Hombre para que todos los hombres llegaran a ser hijos de Dios. Uno de nuestra raza había roto el lazo de nuestra filiación divina, y uno de nosotros habría de unirlo nuevamente para alcanzar la remisión de los pecados. Nadie de la vieja y enferma raza podría haberlo hecho; por eso había de florecer un brote nuevo, sano y noble. Así llegó a ser El uno de nosotros, pero no sólo eso, sino también “uno con nosotros”.

He aquí lo maravilloso del género humano: que todos somos uno. Si fuera de otra manera, si todos viviésemos separados, independientes los unos de los otros, la caída de uno no significaría la caída de todos. Por otra parte la expiación de uno no podría haber sido aplicada a todos: si su salvación no pudiese transmitirse a todos, en ese caso no sería posible la justificación. Pero El vino para formar con nosotros un cuerpo místico, para transformarse en nuestra Cabeza y a nosotros en sus miembros. Pongamos nuestras manos en las manos del Niño Divino, respondamos con un “SI” a su “SIGUEME” y entonces seremos de verdad suyos y el camino estará libre para que su vida divina llegue a nosotros.

Este es el principio de la vida eterna en nosotros. No es todavía la visión beatífica de la luz de la gloria, más bien es la oscuridad de la fe, pero que ya no pertenece a este mundo, sino al Reino de Dios. Cuando la Bienaventurada Virgen María pronunció su “fiat” entonces comenzó el reino de los cielos en la tierra, y ella fue su primera servidora; y todos los que con palabras y hechos, antes y después del nacimiento del Niño, se proclamaron suyos -San José, Santa Isabel con su hijo y todos los que estaban junto a El en el pesebre- entraron a formar parte de ese reino celestial.

Todo aconteció de modo muy diverso a lo que se podría pensar después de la lectura de lo que dicen los salmos y profetas sobre la implantación del Reino de Dios. Los romanos continuaron siendo los dominadores del país, y los Sumos Sacerdotes y Escribas siguieron sometiendo a los pobres del pueblo, bajo el pesado yugo de la ley.

Todos los que pertenecían al Señor llevaban, sin embargo, imperceptiblemente el Reino de Dios en sus corazones. La carga terrestre no les fue quitada, incluso se les hizo más pesada, pero lo que ese reino les ofrecía era una fuerza alentadora que hacía el yugo suave y la carga ligera. Lo mismo ocurre hoy en día con todo hijo de Dios. La vida divina que se enciende en el alma es la luz que brilla en las tinieblas, el milagro de la Nochebuena. El que lleva esa luz consigo comprende lo que se dice de ella; para los otros, sin embargo, todo lo que se dice de ella es un balbuceo ininteligible. Todo el Evangelio de San Juan es un canto a la Luz eterna que, simultáneamente, es vida y amor. Dios en nosotros y nosotros en El, en esto consiste nuestra participación en el Reino de Dios, cuyo fundamento ha sido colocado con la Encarnación del Verbo.

  • Unum esse in Deo

El primer paso es estar unidos con Dios, pero a éste le sigue inmediatamente un segundo. Si Cristo es la Cabeza y nosotros los miembros del Cuerpo Místico, entonces nuestras relaciones mutuas son de miembro a miembro, y todos los hombres somos uno en Dios, una única vida divina. Si Dios es Amor y vive en cada uno de nosotros, no puede suceder de otra manera, sino que nos amemos con amor de hermanos. Por eso precisamente es nuestro amor al prójimo la medida de nuestro amor a Dios. Este último es, sin embargo, distinto al amor natural que tenemos por los hombres. El amor natural vale sólo para aquellos que están unidos a nosotros por un vínculo de sangre, por una afinidad de caracteres o por intereses comunes. Los otros son “extraños”, que poco nos interesan, y que incluso pueden provocarnos un cierto rechazo, de tal manera que hasta los evitamos físicamente. Para los cristianos no existen los “extraños”. Nuestro “Prójimo” es todo aquel que en cada momento está delante de nosotros y que nos necesita, independientemente de que sea nuestro pariente o no, de que nos caiga bien o nos disguste, o de que sea “moralmente digno” o no de ayuda. El amor de Cristo no conoce fronteras, no se acaba nunca y no se echa atrás frente a la suciedad y la miseria. Cristo ha venido para los pecadores y no para los justos, y si el amor de Cristo vive en nosotros, entonces obraremos como El obró, e iremos en busca de las ovejas perdidas.

El amor natural busca muchas veces apoderarse de la persona amada para poseerla, en la medida de lo posible, enteramente. Cristo ha venido al mundo para reintegrar al Padre la humanidad perdida, y quien ama con su amor quiere también a los hombres para Dios y no para sí. Este es, sin duda alguna, el camino más seguro para poseerlos eternamente, pues si hemos acunado a un hombre en Dios, entonces llegamos a ser uno con él en Dios, mientras que el afán de “conquistarlo” para nosotros nos lleva casi siempre -tarde o temprano- a perderlo para siempre.

Existe un principio válido para todas las almas y para los bienes exteriores: quien se ocupa afanosamente de ganar y acopiar, ese pierde; pero el que ofrece a Dios, ese gana para siempre.

  • Fiat voluntas tua

Con esto referimos un tercer signo de la filiación divina. La unión con Dios era el primero; que todos seamos uno en Dios el segundo; el tercero se expresa de la siguiente manera: “En esto reconozco que me amáis, en que cumplís mis mandamientos” (Jn. 14,15).

Ser hijo de Dios significa: caminar siempre de la mano de Dios, hacer su voluntad y no la propia, poner todas nuestras esperanzas y preocupaciones en las manos de Dios y confiarle también nuestro futuro. Sobre estas bases descansan la libertad y la alegría de los hijos de Dios. ¡Qué pocos, aún de entre los verdaderamente piadosos y dispuestos al sacrificio heroico, poseen este don precioso! Muchos de ellos marchan por la vida encorvados bajo el peso de sus preocupaciones y deberes.

Todos conocen la parábola de los pájaros del cielo y de los lirios del campo (Mt.6,26 ss.), sin embargo, cuando encuentran a un hombre que no tiene ni fortuna, ni jubilación, ni garantías, ni seguros, pero que sin embargo vive feliz y despreocupado de su futuro, entonces menean la cabeza y lo contemplan como un caso extraordinario.

Sin duda alguna que se equivoca el que espera que el Padre Celestial se ocupe de su sueldo y el nivel de vida que él considera digno. El que piensa de esa manera tiene que haber hecho un muy mal cálculo. La confianza en Dios puede llegar a ser inamovible solamente si presupone la disposición de aceptar todo lo que venga de la mano del Padre. Sólo El sabe con certeza qué nos hace bien. Y si alguna vez son más convenientes la necesidad y la privación que una renta segura y bien dotada, o el fracaso y la humillación mejor que el honor y la fama, hay que estar también dispuesto a aceptarlo. Sólo actuando de esa manera se puede vivir feliz en el presente y en el futuro.

El “¡hágase tu voluntad!” (Mt.6,10) en todo su sentido y profundidad tiene que ser el hilo conductor de toda vida cristiana. Esa disposición debe regular el curso del día, de la mañana a la noche, el pasar de los años y, en suma, la vida total. Esa habrá de ser además la única preocupación del cristiano. Todos los demás cuidados los toma el Señor sobre sí. Esa, sin embargo, permanece bajo nuestra responsabilidad durante toda nuestra vida. Objetivamente hablando nunca tendremos la certeza absoluta de permanecer hasta el fin en los caminos de Dios. Así como los primeros hombres pasaron de la filiación divina a apartarse de Dios, de la misma manera cada uno de nosotros se encuentra en el filo de la navaja entre la nada y la plenitud de la vida divina, y tarde o temprano lo percibimos individualmente.

En la infancia de la vida espiritual, cuando comenzamos a abandonarnos a la mano conductora de Dios, lo percibíamos con fuerza e intensidad; con toda claridad veíamos qué teníamos que hacer u omitir. Sin embargo esta situación no puede permanecer siempre así. Quien pertenece a Cristo debe vivir la vida de Cristo en su totalidad, ha de alcanzar la madurez del Salvador y andar por el camino de la Cruz, hasta el Getsemaní y el Gólgota. Y todos los sufrimientos que vienen de fuera son nada en comparación con la noche del alma, cuando la luz divina ha desaparecido y la voz del Señor no se escucha más. Dios está allí presente, pero escondido y silencioso. ¿Y por qué sucede esto de esa manera? Se trata de secretos de Dios, sobre los cuales hablamos, pero que en definitiva nunca podremos dilucidar totalmente. Sólo alcanzamos a vislumbrar algunas facetas de ese misterio y por eso Dios se hizo hombre, para hacernos participar de una manera nueva de su vida divina.

Ese es el comienzo y la meta final, pero en medio existe todavía otra cosa. Cristo es Dios y hombre al mismo tiempo y quien quiere compartir su vida tiene que participar de su vida divina y humana. La naturaleza humana que El asumió le dio la posibilidad de padecer y morir; la naturaleza divina que El poseía desde toda la eternidad le dio a su pasión y muerte un valor infinito y una fuerza redentora. La pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo se continúan en su cuerpo místico y en cada uno de sus miembros. Todo hombre tiene que padecer y morir, pero si él es un miembro vivo del cuerpo místico de Cristo, entonces su sufrimiento y su muerte reciben una fuerza redentora en virtud de la divinidad de la Cabeza. Esa es la razón objetiva de por qué los santos anhelaban el sufrimiento. No se trata de un gusto patológico por el sufrimiento.

A los ojos de la razón natural puede parecer esto una perversión, pero a la luz del misterio de la salvación es lo más razonable. Es así que los que están realmente unidos a Cristo permanecen inquebrantables, aun cuando en la oscuridad de la noche experimentan personalmente la lejanía y el abandono de Dios. Quizá permite la divina Providencia el sufrimiento precisamente para liberar a quienes están atados. Por eso, “hágase tu voluntad”, también y sobre todo en la noche más oscura.

Medios de salvación

Pero, ¿cómo podemos pronunciar ese “¡hágase tu voluntad!” si no tenemos ninguna certeza de lo que la voluntad de Dios exige de nosotros? ¿Tenemos algún medio que nos mantenga en sus caminos cuando se apaga la luz interior? Efectivamente, existen esos medios y son tan fuertes que hacen casi absolutamente improbable la posibilidad de equivocarnos. Dios vino al mundo para salvarnos, para unirnos con él y para hacer nuestra voluntad semejante a la suya. El conoce nuestra naturaleza y cuenta con ella, por eso nos ha regalado todo aquello que nos puede ayudar a alcanzar la meta.

El Niño divino llegó a ser nuestro maestro y nos ha dicho qué es lo que tenemos que hacer. No basta con arrodillarse una vez al año frente al pesebre, dejándose cautivar por el mágico encanto de la Nochebuena para que la vida humana sea inundada de la vida divina. Más bien es necesario que toda nuestra vida esté en contacto con Dios, que pongamos oído atento a las palabras que él ha pronunciado y que nos han sido transmitidas y que las llevemos a la práctica. Sobre todas las cosas, hemos de rezar tal como el mismo Señor nos lo enseñó y con insistencia nos lo inculcó: “Pedid y recibiréis” (Mt.7,7). Esa es la garantía de que seremos oídos. Y quien cada día y de corazón dice “Señor, hágase tu voluntad”, puede confiar plenamente en que no actuará en contra de la voluntad de Dios, aun cuando no tenga una certeza subjetiva.

Por otra parte, Cristo al subir al cielo no nos dejó como huérfanos, sino que nos envió su Espíritu para que nos enseñara la verdad plena. Además fundó la Iglesia, que es conducida por el Espíritu Santo, y puso en ella a su representante por cuya boca nos habla su Espíritu con palabras humanas. En la Iglesia ha unido Cristo a todos los creyentes en una comunidad viva, y quiere que todos se apoyen mutuamente. De esa manera no estamos solos, y cuando la confianza en el propio entender y hasta incluso en la oración fallan, nos sostiene la fuerza de la obediencia y de la intercesión.

“¡Y el Verbo se hizo carne!” He aquí la Verdad sublime del establo de Belén. Esa verdad, sin embargo, alcanzó todavía una nueva plenitud: “El que come mi carne y bebe mi sangre, ese tiene la vida eterna”. El Salvador que sabe muy bien que somos hombres y que permanecemos hombres, que cada día tenemos que luchar con innumerables debilidades, viene en nuestra ayuda de manera verdaderamente divina Así como el cuerpo necesita del pan cotidiano, de la misma manera necesita la vida divina de un sustento duradero. “Este es el pan vivo bajado del cielo” (Jn. 6,58). Quien hace de El su pan cotidiano realiza en su persona cada día el misterio de la Nochebuena, de la Encarnación del Verbo. Y ese es el camino más seguro para alcanzar la unión duradera con Dios y para integrarse cada día más fuerte y profundamente en el Cuerpo Místico de Cristo.

Sé muy bien que esto puede parecer a algunos un deseo demasiado radical. En la práctica significa para la mayoría de los que se convierten un cambio total de la vida interior y exterior. Y esto es precisamente lo que debe ser. En nuestra propia vida tenemos que hacer sitio para el Salvador de la Eucaristía, para que El pueda transformar nuestra vida en la suya.

¿Significa esto pedir demasiado? Muchas veces tenemos tiempo para tantas cosas inútiles, para leer tonterías en libros, revistas y diarios de poca seriedad; para pasarnos horas enteras en los cafés, o para malgastar un cuarto o una media hora en la calle. Todo esto no es más que disipación en la que derrochamos el tiempo y las fuerzas.

¿Es que no es posible ahorrar una hora en la mañana, en la que podamos recogernos en vez de distraernos, en la que no malgastemos nuestras energías, sino que ganemos fuerzas para vencer con ellas en las luchas que nos depara el día? Sin duda alguna se necesita para ello algo más que una hora. Hemos de vivir de tal manera que a la una se suceda la otra y éstas preparen las que vienen. De ese modo se hace imposible “dejarse llevar por la corriente” del día, aunque no sea más que transitoriamente. Además no podemos escapar del juicio de aquellos y aquellas cosas con las que cotidianamente estamos ocupados. Aún cuando no se diga una palabra, cada uno percibe qué es lo que los otros piensan de nosotros. Cada uno intenta también adaptarse al ambiente que lo rodea, y si esto no es posible, la vida se convierte en un tormento.

Lo mismo ocurre en nuestra relación diaria con el Salvador: cada día crece nuestra sensibilidad para percibir lo que le agrada y lo que no le agrada. Si hasta ese momento estábamos relativamente contentos con nosotros mismos, a partir de nuestro encuentro con El se van a transformar muchas cosas de nuestra vida. Vamos a descubrir muchas facetas de nuestra vida que no son del todo buenas e intentaremos cambiarlas en la medida de lo posible, y otras que tampoco son buenas, pero que a la vez son casi imposibles de cambiar. Con ello podremos crecer en humildad y llegaremos a ser pacientes y comprensivos frente a la paja en el ojo ajeno, pues tendremos clara conciencia de la viga en el propio. Finalmente aprenderemos a aceptarnos tal cual somos a la luz de la presencia divina y abandonarnos a la misericordia de Dios que puede alcanzar todo aquello de lo que nuestras propias fuerzas son incapaces.

Desde la satisfacción propia del “buen católico” que “cumple con sus obligaciones”, que prefiere “las buenas lecturas” y que toma “las opciones correctas”, pero que, en suma, hace sólo aquello para lo cual se siente inclinado, hay todavía un largo camino hasta la conducción de la propia vida de y en las manos de Dios, con la sencillez del niño y la humildad del publicano. Sin embargo, quien ha comenzado a andar por ese camino no le abandonará, por duro que éste sea. Según esto “filiación divina” significa al mismo tiempo grandeza y pequeñez. Vivir eucarísticamente quiere decir así, salir por decisión personal de la estrechez de la propia vida para crecer en la inmensidad de la Vida de Cristo. Quien busca al Señor en su propia casa no va a ocuparse más sólo de su persona y de sus asuntos particulares, sino que más bien comenzará a interesarse por los asuntos de Dios. La participación en el sacrificio eucarístico cotidiano nos sumerge imperceptiblemente en la totalidad de la vida litúrgica. Las oraciones y los rituales del culto divino nos presentan, en el ciclo del año litúrgico, la historia de la salvación y nos permiten penetrar más profundamente en su sentido.

El sacrificio eucarístico acuna en nuestra alma el misterio central de nuestra fe, que a la vez es el eje de la historia universal: el misterio de la Encarnación y de nuestra salvación. ¿Quién podría participar del sacrifico eucarístico con un espíritu y un corazón abierto sin ser invadido por el sentido profundo de este sacrificio y sin sentirse penetrado por las ansias de que la pequeñez de su persona sea integrada en la grandiosa obra del Redentor?

Los misterios del cristianismo son una totalidad indivisible. Cuando profundizamos en uno de ellos somos conducidos automáticamente a todos los otros. Así nos lleva el camino de Belén forzosamente al Gólgota y el pesebre a la Cruz. Cuando la Virgen María presentó al Niño Jesús en el templo le fue profetizado que una espada atravesaría su corazón y que ese Niño sería ocasión de caída y de resurrección para muchos, un signo de contradicción. Ese fue el preanuncio de la Pasión, de la lucha entre la luz y las tinieblas, que ya se había manifestado en el pesebre de Belén.

Este año fiesta de la Candelaria y de Septuagésima casi coinciden: la celebración de la Encarnación y la preparación de la Pasión. En la noche del pecado reluce la estrella de Belén. Sobre el resplandor que desborda de pesebre se proyecta la sombra de la cruz. La luz se extingue en la oscuridad del Viernes Santo, pero se eleve esplendorosa como el sol de la gracia en la mañana de la Resurrección. A través de la cruz y del dolor a la gloria de la resurrección, ese fue el camino del Hijo de Dios hecho hombre.

Alcanzar con el Hijo del Hombre la gloria de la resurrección a través del sufrimiento y de la muerte es el camino para cada uno de nosotros y para toda la humanidad.

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