Vida escondida y Epifanía

Por Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein),

en el Carmelo de Echt (Holanda), Navidad de 1940.

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Cuando la luz suave de las velas del Adviento (una luz misteriosa, en medio de una oscuridad también misteriosa) brilla en las tardes oscuras de diciembre se despiertan en nosotros los pensamientos consoladores de que la Luz divina, el Espíritu Santo, nunca dejó de alumbrar en las tinieblas de la humanidad caída. El Espíritu permaneció fiel a la creación sin tomar en cuenta las infidelidades de ésta. Y aun cuando las tinieblas no querían dejarse penetrar por la luz celestial, siempre hubo lugares abiertos donde esa luz pudo ser derramada.

Un rayo de esa luz cayó ya sobre los corazones de nuestros primeros padres en la hora del juicio al que hubieron de someterse; un rayo “iluminador”, que despertó en ellos la conciencia de su culpa; un rayo “ardiente” que los hizo consumirse en el dolor del arrepentimiento; un rayo purificador y depurante, que los preparó para recibir la luz tierna de la estrella de la esperanza, que les fue prometida en las palabras del protoevangelio.

Los corazones de todos los hombres fueron acariciados a lo largo de los siglos por ese rayo de luz divina, de la misma manera que lo había hecho con los corazones de nuestros primeros padres. La luz divina, escondida a los ojos del mundo, iluminaba y acrisolaba esos corazones, ablandaba su materia dura, enquistada y, a veces, deformada, y les daba nueva forma, con mano segura de artista, según la imagen de Dios. De esa manera, oculta a los ojos de los hombres, fueron y son formadas las piedras vivas que constituyen la Iglesia primeramente invisible. De esa Iglesia invisible brota, sin embargo, la Iglesia visible, que se manifiesta siempre de nuevo con acontecimientos admirables y revelaciones divinas; con “epifanías” siempre nuevas. La obra silenciosa del Espíritu Santo en lo más íntimo de sus almas hizo de los patriarcas amigos de Dios. Pero cuando ellos alcanzaron a plenitud necesaria para convertirse en sus instrumentos apropiados, los hizo protagonistas de obras admirables y soportes de la evolución histórica, de manera que pudo hacer nacer de ellos a su pueblo elegido. Así fue educado también Moisés, primero en la intimidad, para ser nombrado luego conductor y legislador de su pueblo.

No todos aquellos a quienes Dios toma como sus instrumentos tienen que ser preparados de esa manera. Muchos hombres pueden servir a Dios sin su conocimiento y hasta, incluso, en contra de su propia voluntad. Eventualmente también, hombres que no pertenecen, ni exterior ni interiormente, a la Iglesia. Estos son movidos como el martillo o el cincel del artista, a las tijeras con que el viñador poda los sarmientos. En aquellos que pertenecen a la Iglesia puede preceder también temporalmente la pertenencia exterior o interior, y esto puede llegar a ser muy importante, por ejemplo, cuando alguien es bautizado sin tener todavía conciencia de su fe, pero que la alcanza a través de la vida exterior de la Iglesia.

El último fundamento sigue siendo, sin embargo, la vida interior; la formación del hombre va desde dentro hacia fuera. Cuanto más profundamente esté el alma unida a Dios, y cuanto más desinteresadamente se haya entregado a su gracia, tanto más fuerte será su influencia en la configuración de la Iglesia. Y viceversa, cuanto más profundamente esté sumergida una época en la noche del pecado y en a lejanía de Dios, tanto más necesita de almas que estén íntimamente unidas a El. Pero aún en esas situaciones Dios no nos abandona. Desde la noche más oscura surgen las grandes figuras de los profetas y los santos, aun cuando, en gran parte, la corriente vivificante de la vida mística permanece invisible. No cabe ninguna duda, sin embargo, de que los giros decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales poco o nada dicen los libros de historia. Y cuáles sean las almas, a las que hemos de agradecer las transformaciones decisivas de nuestra vida personal, es algo que sólo habremos de experimentar el día en que todo lo oculto sea revelado.

Es posible hablar de una “Iglesia invisible”, porque las almas escondidas no viven aisladas, sino en un contexto viviente y dentro del gran orden del plan divino. Su efectividad y su íntima unión puede que permanezca oculta para ellos mismos y para los otros a lo largo de toda su vida terrenal. Sin embargo, es también posible que algo de ese orden salga a la luz y se haga visible. Ese es el caso de las personas y los acontecimientos que enmarcan el misterio de la Encarnación. María y José, Zacarías e Isabel, los pastores y los Magos, Simeón y Ana, todos ellos habían vivido en la intimidad de Dios y estaban preparados para la tarea especial que les habría de ser encomendada, antes aún de haber experimentado el admirable encuentro con el Señor y antes de poder entender el camino de su vida como un camino hacia ese punto culminante. En todos los himnos que la tradición nos ha legado se expresa su admiración ante las maravillas de Dios.

Por otra parte, encontramos en los hombres que se reunieron en torno al pesebre una imagen clara de la Iglesia y de su desarrollo. Los representantes de la antigua dinastía real, a la cual le había sido prometido el Salvador del mundo, y los representantes del pueblo fiel constituyen el lazo de unión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Los Magos de Oriente representan a los gentiles, a quienes desde Judá les sería dada también la salvación. Así tenemos entonces una Iglesia constituida por judíos y gentiles. Los Magos llegaron también al pesebre como representantes de aquellos que en todos los países y pueblos buscan la salvación. La gracia los había conducido hasta el pesebre de Belén, antes de que pertenecieran a la Iglesia visible. En ellos vivía un deseo puro de alcanzar la Verdad, que no se deja contener en las fronteras de las doctrinas y tradiciones particulares. Dios es la verdad y El quiere manifestarse a todos aquellos que le buscan con sincero corazón; por eso, tarde o temprano tenía que aparecerse la estrella a esos “sabios”, para conducirlos por el camino de la Verdad. Por eso se presentan ante la Verdad encarnada y, postrados ante ella, depositan sus coronas a sus pies, pues todos los tesoros del mundo no son sino polvo en comparación con ella.

Los Magos tienen también para nosotros in significado especial. Aún perteneciendo ya a la Iglesia visible, percibimos muchas veces la necesidad interior de superar los límites de las concepciones y costumbres heredadas. Nosotros conocíamos ya a Dios, sin embargo sentíamos que El quería ser buscado y encontrado de una manera nueva. Por eso buscamos una estrella que nos indique el camino recto. Esa estrella se nos manifestó en la gracia de nuestra vocación. Nosotros la hemos seguido y al final del camino encontramos al Niño divino. El extendió sus manos para recibir nuestros dones y esperaba de nosotros el oro de un corazón liberado de los bienes terrenos, la mirra de la renuncia a la felicidad de este mundo, para recibir a cambio parte de la vida y de los sufrimientos de Cristo, y, finalmente, el incienso de una voluntad con altas aspiraciones, que se entrega totalmente para someterse a la voluntad divina. A cambio de esos dones el Niño divino nos entrega su propia vida.

Ese admirable intercambio no fue, sin embargo, el único. El plenifica nuestra vida toda. Después de la hora solemne de nuestra entrega nupcial siguió el quehacer cotidiano de la vida religiosa. Tuvimos que “volver a nuestro país de origen”, pero “por otro camino”, conducidos por la nueva luz que había iluminado aquella hora solemne. Esa luz nueva nos exige también que busquemos con nuevos ojos. “Dios se deja buscar”, dice San Agustín, “para dejarse encontrar. Y El se deja encontrar para que podamos buscarle nuevamente”. Después de cada hora marcada por la gracia nos da la impresión de que comenzamos a comprender nuestra vocación.

Por eso, el hecho de renovar cada año nuestros votos responde a una profunda necesidad interior y tiene especial importancia que lo hagamos el día de la fiesta de los tres Reyes Magos, cuya peregrinación y adoración del Niño es un modelo para nuestra propia vida. El Niño divino responde a cada una de las renovaciones de nuestros votos, hechas con sincero corazón, con una renovada aceptación de nuestra vida en una íntima comunicación interior. Esa aceptación representa, por su parte, una nueva y silenciosa acción de la gracia en nuestra alma. Quizás se expresa, incluso, en una “epifanía, en una revelación de la obra de Dios en nuestra conducta exterior y en nuestro obrar, que hasta, incluso, puede ser percibida en nuestro entorno. Pero puede también que produzca frutos que permanecen ocultos a los otros hombres y de los cuales brotan las fuentes misteriosas de la vida.

Hoy vivimos en una época que necesita urgentemente de una renovación desde las fuentes escondidas de las almas íntimamente unidas a Dios. Hay mucha gente que tiene puestas sus últimas esperanzas en esas fuentes de la salvación. Esta es una amonestación muy seria: de cada una de nosotras se exige una entrega total al Señor que nos ha llamado, para que pueda ser renovada la faz de la tierra. En total confianza debemos abandonar nuestra alma a las inspiraciones del Espíritu Santo. No es necesario que experimentemos la “epifanía” de nuestra vida, sino que hemos de vivir en la certeza de fe de que, lo que el Espíritu de Dios obra escondidamente en nosotros, produce sus frutos en el reino celestial. Nosotros los veremos en la eternidad.

De esa manera queremos presentar al Señor nuestras ofrendas y las depositamos en las manos de su Madre. Este primer sábado fue consagrado especialmente a su nombre (el 6 de enero de 1940 fue sábado N. Del T.), y nada puede significar para su corazón una alegría más grande que la entrega cada vez más profunda de nuestro corazón al corazón de Dios. Además, ella intercederá ante el Niño en el pesebre para que tengamos santos sacerdotes y para que su obrar sea colmado de bendiciones. Esta es la petición que este sábado sacerdotal exige de nosotros y que la Madre de Dios ha puesto en nuestro corazón como elemento esencial de nuestra vocación carmelitana.

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