Vocación eucarística: por Cristo, con Él y en Él

“¡Oh riqueza de los pobres, qué admirablemente sabéis sustentar las almas y, sin que vean tan grandes riquezas, poco a poco se las vais mostrando! … Cuando yo veo una majestad tan grande disimulada en cosa tan poca como es la Hostia, me admira sabiduría tan grande y no se cómo me da el Señor ánimo ni esfuerzo para llegarme a Él.” (V 38,21) … Canto: “Oh Convite Sagrado”

En esta tarde Santa Teresa nos ayuda a orar ante el Santísimo Sacramento, el misterio de nuestra fe, y con ella descubrir nuestra vocación eucarística recibida en el Bautismo “ser pan partido para la vida del mundo”. Y ofrecemos esta oración por todos los cristianos que en este momento están dando su vida por confesar a Cristo como único Salvador del mundo.

Fe eucarística

La fe de la Iglesia es esencialmente fe eucarística y se alimenta de modo particular en la mesa de la Eucaristía. Así Santa Teresa vive la comunión y adoración eucarística como momento privilegiado para el trato de amistad con el Señor, quien en en las especies sacramentales del pan y el vino ”disfraza” la infinita majestad de su Humanidad glorificada.

“Tenía tanta devoción y tan viva fe que cuando oía a algunas personas decir que quisieran haber vivido en el tiempo que andaba Cristo en el mundo, me reía, pareciéndome que, teniéndole tan verdaderamente en el Santísimo Sacramento, que ¿qué más les daba? Y, aunque no era muy perfecta, cuando comulgaba, ni más ni menos que si viera con los ojos corporales entrar en mi posada el Señor, procuraba esforzar la fe…, desocupábame de todas las cosas exteriores… y entrábame con Él… Considerábame a sus pies… Y, aunque no sintiese devoción, la fe me decía que estaba realmente allí presente” (C 34,8). Pausa 30 seg.

“Cuando yo me llegaba a comulgar y me acordaba de aquella Majestad grandísima, y miraba qué era el que estaba en el Santísimo Sacramento, toda parecía me aniquilaba. ¡Oh Señor mío! Mas si no encubriérades vuestra grandeza, ¿quién osara llegar tantas veces a juntar cosa tan sucia y miserable con tan gran Majestad?” (V 38,19).  Pausa 30 seg.

Espiritualidad eucarística

No hay vida espiritual sin Eucaristía. Por eso, tras la conversión de Santa Teresa, la comunión frecuente adquiere especial importancia porque en ella se agudiza el amor que siente hacia Cristo: ¿Quién nos quita estar con Él después de resucitado, pues tan cerca le tenemos en el Sacramento, adonde ya está glorificado? Hele aquí sin pena, lleno de gloria, esforzando a los unos, animando a los otros, antes que subiese a los cielos, compañero nuestro en el Santísimo Sacramento, que no parece fue en su mano apartarse un momento de nosotros. (V 22,6)

La comunión parece transformarla porque la espiritualidad eucarística no es solamente participación en la Santa Misa y devoción al Santísimo Sacramento, sino que abarca la vida entera: “no creo soy yo la que hablo desde esta mañana que comulgué” (V 16,6).

Y después de su experiencia, nos educa en la piedad eucarística aconsejándonos:
Acabando de recibir al Señor, pues tenéis la misma persona delante, procurad cerrar los ojos del cuerpo y abrir los del alma y miraros al corazón. (…) Mas si no hacéis caso de Él en recibiéndole -con estar tan junto-, sino que le vais a buscar a otras partes, ¿qué queréis que haga? ¿Ha de traeros por fuerza a que le veáis y os estéis con Él? No; que no le trataron bien cuando se dejó ver a todos y les decía claro quién era, que muy pocos fueron los que le creyeron. Y así, harta misericordia nos hace a todos, que quiere entienda que es Él el que está en el Santísimo Sacramento. Mas que le vean descubiertamente y comunicar sus grandezas y darles de sus tesoros, no quiere sino con los que entiende que mucho le desean, porque éstos son sus verdaderos amigos. (C 34,13).

Canto: “Tú eres, Señor, el Pan de Vida”

Vocación eucarística

La comunión eucarística era el momento más intensivo de la oración de Santa Teresa, porque estaba convencida de que en el Sacramento recibido se encontraba real y personalmente con el Señor: “cuando comulgaba, como sabía estaba allí cierto el Señor dentro mí, poníame a sus pies…” (V 9,2). “Poníame a sus pies…”: de esta actitud contemplativa brota nuestra disposición de servicio y seguimiento de Cristo, nuestra alma se abre a su voluntad y Él la toma.

“Habiendo un día comulgado, mandóme mucho Su Majestad lo procurase con todas mis fuerzas, haciéndome grandes promesas de que no se dejaría de hacer el monesterio, y que se serivría mucho en él, y que se llamase San José…” (V 32,11).

Interioriza tu vocación eucarística, que impulsa a todo el que cree en Cristo a hacerse por Él, con Él y en Él “pan partido para la vida del mundo”, y nos impulsa a la misión que parte del corazón de Dios: hacer llegar la salvación a todos los hombres. Ésto nos compromete a testimoniar el amor de Dios con nuestra vida. Fijémonos en el numeroso grupo de confesores y mártires de la fe, su persecución evidencia el tesoro tan grande que poseemos. Es tiempo de ser valientes y confesar y vivir nuestra fe con más compromiso y celo.

Canto: “Nadie tiene amor más grande”

Santa Teresa nos enseña que también forma parte de esta vocación eucarística pedir por las necesidades del Cuerpo de Cristo, de la Iglesia, y por la salvación de todas las almas, detérminándonos a hacer “eso poco que está en nosotros, que es seguir a Cristo con toda la perfección que pudiéramos, confiados en la gran bondad de Dios, que nunca falta de ayudar a quien por Él se determina a dejarlo todo”.

Canto: “Nadie tiene amor más grande”
Pues Padre Santo, que estás en los cielos… alguien ha de haber que hable por vuestro Hijo, pues Él nunca tornó de Sí. Seamos nosotras, hijas, aunque es atrevimiento, siendo las que somos; mas confiadas en que nos manda el Señor que pidamos, en nombre del buen Jesús supliquemos a Su Majestad que, pues no le ha quedado por hacer ninguna cosa haciendo a los pecadores tan gran beneficio como éste, que quiera su piedad y se sirva de poner remedio para que no sea tan maltratado. (C 35,3) Nadie tiene…

Pues, ¡qué es esto, mi Señor y mi Dios!: O dad fin al mundo, o poned remedio en tan gravísimos males; que no hay corazón que sufra, aun los que somos ruines. Suplícoos, Padre Eterno, que no lo sufráis ya Vos; atajad este fuego, Señor, que si queréis podéis. Mirad que aún está en el mundo vuestro Hijo. (C35,4) Nadie tiene…

¡Oh hermanas mías en Cristo! Ayudadme a suplicar ésto al Señor, que para eso os juntó aquí; éste es vuestro llamamiento, éstos han de ser vuestros negocios, éstos han de ser vuestros deseos, aquí vuestras lágrimas, éstas vuestras peticiones; no, hermanas mías, por negocios del mundo. Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo, ¿y hemos de gastar tiempo en cosas que por ventura, si Dios se las diese, tendríamos un alma menos en el cielo? No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia. (C 2,5). Nadie tiene…

Pues, ¿qué he de hacer Criador mío, sino presentaros este Pan sacratísimo, y aunque nos le distes, tornárosle a dar y suplicaros, por los méritos de vuestro Hijo, me hagáis esta merced. Ya, Señor, ya ¡haced que se sosiegue este mar!; no ande siempre en tanta tempestad esta nave de la Iglesia, y ¡sálvanos, Señor mío, que perecemos! (C35,5). Nadie tiene…

Y viendo nuestra nada, reconocemos la grandeza de Dios que nos dignifica en su Hijo Jesucristo, y pedimos con Santa Teresa que Él mismo sea quien nos de la gracia para vivir según su voluntad, para vivir nuestra vocación: ¡Oh Señor mío y bien mío! ¡Que no puedo decir ésto sin lágrimas y gran regalo de mi alma! ¡Que queráis Vos, Señor, estar así con nosotros, y estáis en el Sacramento, (…) y nos podemos gozar con Vos, y Vos os holgáis con nosotros, pues decís ser vuestro deleite estar con los hijos de los hombres. Y estando en mi, sin Vos no podría, Señor mío, nada. (V 14,10). Nadie tiene…

Torno a suplicaros Dios mío por la sangre de vuestro Hijo, que me hagáis esta merced: “béseme con beso de su boca”, que sin Vos, ¿qué soy yo, Señor? Si no estoy junto a Vos, ¿qué valgo? Si me desvío un poquito de Vuestra Majestad, ¿adónde voy a parar? ¡Oh, Señor mío y misericordia mía y bien mío! Y, ¡qué mayor le quiero yo en esta vida que estar tan junto a Vos, que no haya división entre Vos y yo! Con esta compañía, ¿qué se puede hacer dificultoso? ¿Qué no se puede emprender por Vos, teniéndoos tan junto? ¿Qué hay que agradecerme, Señor? Que culparme, muy mucho, por lo que no os sirvo. Y así os suplico con San Agustín, con toda determinación, que “me deis lo que me mandáis, y mandadme lo que quisieres”; no volveré las espaldas jamás con vuestro favor y ayuda. (CAD 5,7). Nadie tiene…

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