Santa Teresa de Jesús

por fr. Eduardo Sanz de Miguel (OCD)

Teresa de Cepeda y Ahumada vivió durante el llamado «siglo de oro español». Época compleja, en la que la «monarquía católica» alcanzó su máximo poderío económico, militar y político. Contemporánea de Erasmo de Roterdam, Martín Lutero, Carlos V y Felipe II. Por entonces compuso su música Tomás Luis de Vitoria y escribieron Garcilaso de la Vega, Fray Luis de León y Cervantes. Mientras Juan de Herrera construía El Escorial, Diego de Siloé, Juan de Juni y el Greco realizaban sus mejores obras. «La Celestina» o «El Lazarillo de Tormes», también contemporáneos, nos describen perfectamente las contradicciones de aquel tiempo.

Las tropas españolas se vieron envueltas en numerosas guerras internacionales (conquistas en América y en el Pacífico, enfrentamientos con Francia, Portugal e Inglaterra, «sacco» de Roma, batalla de Lepanto contra los Turcos, guerras centroeuropeas de religión, etc.). Demasiados conflictos para una población de apenas seis millones de habitantes. Las familias castellanas, especialmente, veían partir uno tras otro a todos sus varones. Comenzaron a faltar los brazos necesarios para el cultivo de la tierra. Esto, unido a algunos años de sequía y al continuo crecimiento de los impuestos para mantener esa gran máquina belicista, provocaron el hambre y la miseria entre la población. Además, la llegada del oro y la plata americanos hacía crecer la inflación; a pesar de que una gran cantidad pasaba directamente de las galeras a los depósitos de los prestamistas extranjeros. La monarquía hubo de anunciar la bancarrota en varias ocasiones. Las revueltas populares (insurrecciones en Flandes, en Castilla, en Aragón, en Valencia, etc.) fueron aplastadas sin miramientos.

Teresa de Ávila fue plenamente consciente de los acontecimientos de su tiempo. Es sorprendente la cantidad de referencias que encontramos en sus obras al Concilio de Trento, a las guerras de religión, a las revueltas de los moriscos, a los enfrentamientos con Francia y Portugal, a los procesos inquisitoriales y a los Índices de libros prohibidos, a las conquistas americanas y a los productos que de allí llegaban: patatas, cocos, pipote, tacamata… Como veremos, tuvo relación con S. Pedro de Alcántara, S. Juan de Ávila, S. Luis Beltrán, S. Francisco de Borja y S. Juan de la Cruz, entre otros.

Nos encontramos ante una mujer dotada de una inteligencia despierta, de una voluntad intrépida y de un carácter abierto y comunicativo. Su ingenio y simpatía la convirtieron en la preferida de sus padres y capitana de todos los juegos de infancia. Ella misma reconoce que «las gracias de naturaleza que el Señor me había dado, según decían, eran muchas» (V 1,9). Un contemporáneo suyo, el P. Pedro de la Purificación, escribió: «Una cosa me espantaba de la conversación de esta gloriosa madre, y es que, aunque estuviese hablando tres y cuatro horas, tenía tan suave conversación, tan altas palabras y la boca tan llena de alegría, que nunca cansaba y no había quien se pudiera despedir de ella». Parecido es el testimonio de la Hna. María de S. José: «Daba gran contento mirarla y oírla, porque era muy apacible y graciosa». Fray Luis de León añade: «Nadie la conversó que no se perdiese por ella». Su simpatía natural le abrió numerosas puertas y le ayudó a entretejer una compleja red de relaciones y de amistades incondicionales con obispos, religiosas, teólogos, nobles, hidalgos, mercaderes y arrieros; aunque también le creó serias dificultades entre los que no veían compatibles la afabilidad y la santidad. Ella tenía muy claro que «cuanto más santas, han de ser más conversables», porque «un Santo triste es un triste Santo» y «un alma apretada no puede servir bien a Dios». Le gustaba repetir: «Tristeza y melancolía, no las quiero en casa mía».

Sus escritos son un fiel reflejo de su persona y el mejor camino que tenemos para conocerla. De hecho, al enviar el manuscrito de la Vida al P. García de Toledo, le escribe: «Aquí le entrego mi alma». Sin embargo, hoy no podemos seguir manteniendo el prejuicio –tan repetido en tiempos pasados- de que Teresa escribe como habla, de manera espontánea, sin esforzarse en la redacción de sus obras. Es cierto que no utiliza muchos artificios retóricos y que en ocasiones tampoco usa borradores ni tiene tiempo de repasar lo que ha escrito. Sin embargo, algunos de sus símbolos son muy elaborados y reescribe completamente varios de sus tratados. Además, las importantes lagunas sobre temas conflictivos (la ascendencia de su familia paterna, por ejemplo) y sus repetidas justificaciones y excusas por atreverse a escribir, a pesar de ser mujer, nos dicen que las cosas no son tan sencillas como podrían parecer a primera vista. Tan importante como lo que cuenta en sus libros, es lo que se calla. En parte, sus numerosas cartas completan estas lagunas. A pesar de todo, a veces nos encontramos con temas que no desarrolla, por prudencia: «no es para carta… Se lo diré cuando nos veamos, porque no son cosas para escribirlas».

En el siglo XVI no estaba bien visto que las mujeres fueran letradas, y mucho menos que se dedicaran a escribir. En realidad, la mujer era casi considerada como un objeto, propiedad del padre o del esposo. Sus funciones se reducían a ordenar el trabajo doméstico, perpetuar la especie y satisfacer las necesidades sexuales de su marido, a cuyo arbitrio se encontraban sometidas. Ella hubo de enfrentarse continuamente a los que afirmaban que «la oración mental no es para mujeres, que les vienen ilusiones; mejor será que hilen; no han menester esas delicadezas; bástalas el Pater Noster y el Ave María…» (CE 35,2). Contra el parecer mayoritario, ella afirma que, en el campo de la oración, las mujeres llegan a ser mejores que los varones: «Hay muchas más que hombres a quien el Señor hace estas mercedes, y esto oí al santo fray Pedro de Alcántara (y también lo he visto yo), que decía aprovechaban mucho más en este camino que hombres, y daba de ello excelentes razones, que no hay para qué las decir aquí, todas a favor de las mujeres» (V 40,8). Su vida y sus obras son una defensa a ultranza del derecho de la mujer a pensar por sí misma y a tomar decisiones. Era consciente de la situación de inferioridad en que se encontraba y necesitó utilizar continuamente sus dotes persuasivas para que sus obras (y ella misma) no acabaran en la hoguera. En todos sus libros insiste en que escribe «por obediencia» a sus confesores o, al menos, «con su licencia». A pesar de todo, en ocasiones habla de su deseo de escribir, consciente de que tiene algo valioso que decir: «Al obispo envié a pedir el libro de la Vida, porque quizá se me antojará de acabarle con lo que después me ha dado el Señor, que podría escribir otro más grande» (Cta. 174,26). Tampoco es raro encontrar comentarios suyos como: «Contiene una doctrina harto buena» en los títulos de los capítulos. También son bien conocidos sus esfuerzos para publicar el Camino de Perfección ante la desconfianza que tenía sobre la fidelidad de las numerosas copias que se iban sacando de sus manuscritos.

Ante la necesidad de pasar la censura, a cada paso intenta justificar su actividad, presentándose como inofensiva, insistiendo en que «me lo han mandado… mucho me cuesta emplearme en escribir, cuando debería ocuparme en hilar… de esto deberían escribir otros más entendidos y no yo, que soy mujer y ruin… como no tengo letras, podrá ser que me equivoque… escribo para mujeres que no entienden otros libros más complicados…». A pesar de todos sus esfuerzos, en los márgenes de sus escritos podemos encontrar anotaciones de los censores como ésta: «parece que reprende a los inquisidores que quitan libros de oración». Y tacharon con tal furia un desahogo de su corazón, que no se ha podido leer hasta nuestros días, ayudados por los rayos x, y aún hoy algunas líneas no se pueden descifrar: «No aborrecisteis, Señor de mi alma, cuando andabais por el mundo, las mujeres. Antes las favorecisteis siempre con mucha piedad y hallasteis en ellas tanto amor y más fe que en los hombres… No basta, Señor, que nos tiene el mundo acorraladas… que no hagamos cosa que valga nada por vos en público, ni osemos hablar algunas verdades que lloramos en secreto, sino que no nos habíais de oír petición tan justa. No lo creo yo, Señor, de vuestra bondad y justicia, que sois justo juez y no como los jueces del mundo, que –como son hijos de Adán y, en fin, todos varones- no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa… que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres» (CE 4,1).

Se añade a lo anterior la dificultad de escribir sobre temas interiores, «para los que no sirven las palabras ordinarias». Sus primeros escritos son un tremendo esfuerzo para hacer luz en sus experiencias místicas. «Hartos años estuve yo que leía muchas cosas y no entendía nada de ellas; y mucho tiempo que, aunque me lo daba Dios, no sabía decir ni una palabra para darlo a entender, que no me ha costado esto poco trabajo» (V 12,6). Comienza subrayando en libros de otros autores lo que más se parece a lo que ella está viviendo. De ahí pasa a escribir breves Relaciones que entregar a sus confesores y a personas letradas en busca de consejo. Más tarde se enfrenta a obras más complejas, con clara intención docente. Con estos presupuestos claros, nos acercaremos a su vida y a sus obras.

 

Seguir leyendo:

– ambiente familiar

– infancia y juventud

– monja en la encarnación

– la «conversión» de santa Teresa

– en San José de Ávila

– mujer inquieta y andariega, Teresa fundadora

– en el umbral de la hoguera

– los últimos años

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