orar con los salmos

A la hora de querer entrar en comunión de amor con Dios, que es la oración, puede ayudarnos mucho el Libro de los Salmos de la Sagrada Escritura. En él encontraremos una fuente de oración. Dios habla a través de su palabra, también en los salmos. Dios nos habla. Cuando leemos los Evangelios, Jesús aparece varias veces retirándose a un lugar apartado para orar El solo, o acompañado de sus discípulos. A pesar de tener una actividad diaria tan ajetreada en la predicación del Reino, Jesús se retira al desierto o al monte para orar (Mc 1,35; 6,46; Lc 5,16; Mt 4, 1; Mt 14, 23). La oración formaba parte de su ser y de su obrar. Había venido para salvar a los hombres y El mismo era una sola cosa con Dios. “Yo y el Padre somos una sola cosa” (Jn,10, 30).

Al tomar nuestra condición humana Jesús se hace hombre entre los hombres. Y así, tomó parte en las oraciones públicas de las sinagogas, y también Jesús entró en el Templo al que llamó casa de oración. Y como acostumbraban los israelitas piadosos, recitaría las oraciones privadas cotidianas. Recordamos las tradicionales bendiciones al comer, como expresamente se narra cuando la multiplicación del pan (Mt 14, 19; Mt 15, 36), en la última Cena (Mt 26, 26), en la comida de Emaús (Lc 24, 30); de igual modo recitó el himno con los discípulos (Mt 26, 30). Y así hasta el final de su vida Jesús mostró que era la oración lo que le animaba y lo que sobre todo le unía a Dios en todo momento.

Pero regresemos al tiempo en que Jesús vivía en Nazaret, con María y José. Jesús frecuentaba la sinagoga como todo judío. La sinagoga era un lugar para la plegaria y la instrucción religiosa. Allí se custodiaban los rollos de las Santas Escrituras. El pueblo se reunía todos los sábados para escucharlas. Y Jesús, como uno más, aprendía desde pequeño a recitar los distintos pasajes de la Escritura, sobre todo aquellos en los que se manifestaba solemnemente la existencia de un único Dios (Deut. 6, 4-9; 11, 13- 41). También se recitaban expresivas plegarias de adoración, obediencia y esperanza en el Dios de Israel. Además cantaban cánticos insignes compuestos también por los autores sagrados del Antiguo Testamento, bajo la acción del Espíritu Santo. Entre ellos estaban los salmos, que ayudaban a promover y fomentar sentimientos santos y piadosos, a dar gracias en los momentos de alegría y a proporcionar consuelo y fortaleza en el sufrimiento.

 Los salmos no son lecturas ni preces compuestas en prosa, sino composiciones poéticas de alabanza. Tienden a mover los corazones de los que los recitan, por eso podemos servirnos de ellos para orar con mayor facilidad, ya sea para dar gracias y alabar a Dios en la alegría, como para invocarlo desde lo profundo de la angustia. Hay que tener en cuenta que el salmista habla al pueblo trayendo a la memoria la historia de Israel; a veces interpela a otros sin exceptuar siquiera a las criaturas irracionales. Es más nos presenta a Dios y a los hombres hablando entre sí, e incluso a los enemigos de Dios, como sucede en el salmo segundo. De igual forma, lo importante es que, cuando recitemos los salmos nuestra mente concuerde con nuestra voz. Abrimos nuestro corazón a los sentimientos que ellos inspiran, ya sean salmos de lamentación, como de confianza, acción de gracias, etc.

Aunque cada salmo fue compuesto en circunstancias especiales, como así nos lo indican los títulos que los preceden en el salterio hebreo, sin embargo, resulta muy interesante para nuestra vida de creyentes hacer una lectura personalizada: qué me dice Dios en el salmo. Después de situarlo en su origen histórico, paso a leerlo aplicándolo a la persona de Jesús: cómo vivía El todo el significado que encierra, porque El oraba con los salmos como hijo del pueblo que sabía orar. En último término podemos hacer una lectura del salmo aplicándolo a nuestro tiempo. La Iglesia expande en el tiempo la Palabra de Dios. Entonces Dios tiene algo que decirnos hoy.“Actualizamos” los salmos con nuestras propias situaciones y los acontecimientos del mundo.

Cuando recito un salmo pienso que Jesús oraba con El, y que hoy soy su voz en el mundo. Así continúo su misma oración en mi propio favor y en el de todos los hombres, mis hermanos.

“Yo soy la viña, vosotros los sarmientos. Si permanecéis en Mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo obtendréis” (Jn. 15,7)

Jesús nos enseña a orar como El lo hacía. Muchas veces dijo “orad”, “pedid” (Mt 5, 44; 7,7, etc), “en mi nombre” (Jn 14, 13).

Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares. (Sal.138)

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