mensaje de la oración teresiana

El estudio de la experiencia oracional de Santa Teresa nos descubre hondamente qué fue su persona y la doctrina que nos dejó en sus obras. Poco a poco el que se sumerge en la lectura de sus escritos siente cómo se va apoderando de él un sentimiento de Dios que le va atrayendo, casi sin darse cuenta. Y es precisamente esto lo que la Santa pretende en todas sus obras: engolosinarnos de Dios. Porque ha sido y es Dios lo único sustantivo de su vida. El lo es todo para ella: cuando goza de su presencia inefable, y cuando padece su ausencia. Dios es la vida que siente correr caliente por todas las venas y entresijos de su ser. Por eso revive su pasado para nosotros también. Con ello nos manifiesta que Dios ha sido siempre una presencia salvífica en ella, en constante dinamismo ascendente. Así nos enseña a asomarnos a nuestra propia historia personal con esta misma conciencia de presencia salvadora de Dios en nuestras vidas. Si la santa nos descubre su vida es para ayudarnos a descubrirnos; si nos franquea el acceso a su vida es para que entremos en la nuestra. Tanto la suya como la nuestra están llenas de la Presencia de Alguien que las va haciendo. A quien amorosamente hay que someterse para dar plenitud a nuestra vocación de ser. Por tanto, si la descubrimos (a Sta. Teresa), nos descubrimos (a nosotros), y le descubrimos (a Dios). Esto es lo que Santa Teresa pretende cuando escribe: revelarnos al Dios que es y que ella conoció en sí misma. Nos cuenta sus cosas porque en ellas ha ido haciéndose historia la efusiva comunicatividad divina, y en ellas ha conocido la verdad de Dios y de su amor al hombre. Dios es la sustancia y la raíz, el centro de nuestro ser y de nuestra historia. Aceptarlo ya es empezar a ser.

Por eso la oración es para Santa Teresa la clave de su vida. Porque orar es “tratar de amistad, estando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama” (V.8, 5) esta es la gran revolución que la santa nos transmite. Orar es trato de amistad. Atención a la Persona desde la persona. Protagonistas: Dios y yo. Acogida y donación. Escucha y pronunciamiento, o sea, trato. Es la amistad. Donde se juegan las verdaderas exigencias que comprometen la existencia del hombre, haciéndose uno a la condición del Otro, porque el amor pide semejanza. La Persona de Dios, y la persona del Hombre. La Verdad de Dios y la verdad del hombre. No es un trato sin sentimiento sino “con quien sabemos nos ama”. La Persona de Cristo ocupa todo en el orante. Saberse amado es el punto de partida para una respuesta de amor:”Amor saca amor” (V.22, 14) Encuentro de amor, la oración. No importa lo que se dice, ni cómo se le dice. Interesa el “estar con El”. “Poned los ojos en Cristo” es el consejo de la Santa para el que comienza camino de oración, hasta llegar hasta el “aparecimiento del Señor en este centro del alma”. Es la vida del hombre con Dios: “juntos andemos Señor…”

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